Entre el partido y yo, yo
Sin que ninguno lo previera, las elecciones se convirtieron en un acto cultural.
La gente se demora en grupo frente a los titulares en los puestos de periódicos.
Como pocas veces, la política se ha tornado un ejercicio público, con la participación sino de todos, sí de los más.
Todos tejen explicaciones alrededor de la elección y construye escenarios del futuro inmediato para ganadores y perdedores.
Felizmente el acontecimiento ha trascendido el mundillo de la clase política y ha bajado al terreno de los descalzos.
Hay que escuchar a taxistas y peluqueros.
Es de los pocos hechos de la política que ha calado hondo en el alma popular de la gente.
En los comederos matinales el tema más que machacador es reiterativo, pero siempre novedoso y fresco.
El periodista Xavier Gutiérrez al vuelo toma nota de las explicaciones de la derrota que brotan de los comensales.
No tengo la autorización para hacerlo pero tiene una muy elocuente de la casilla en la que sufragó Javier López Zavala.
En el fondo la anécdota explica la identidad política de la clase media poblana y cómo su actitud “mocha” determina buena parte de sus actos públicos.
En general, lo que más llama la atención del comentarismo popular es que los personajes en escena no son los partidos, sino los candidatos y la persona del gobernador.
Así dicen, puesto a elegir entre él y su partido, el gobernador Marín no vaciló un instante en hacerlo.
A su modo los periodistas hicieron su parte, hasta conducirlo al punto más alto del precipicio.
Acto deliberado o no, pero le pircaron el amor propio con aquello de que “gobernador no pone gobernador”.
Entonces él desafió la sabiduría o prudencia de quienes le precedieron en el puesto.
Y ante la mirada atónita de millones, el gobernador se jugó en una mano el patrimonio del partido.
No de cualquier partido, sino del que lo hizo alcalde primero y gobernador después; aquella jugada dejó al Revolucionario en el desamparo de ahora.
Ya se sabe, Manuel Bartlett antepuso el partido a los intereses suyos y de su grupo.
Y rodó la cabeza de José Luis Flores, y Bartlett de buena gana cedió el poder a Melquiades Morales Flores, y elogió su infancia humilde.
No obstante que el nacido en Chalchicomula era lo más ajeno que había al mundo del entonces gobernador.
Un hombre apegado a los sentimientos del terruño, a su modo Melquiades perseveró hasta donde pudo, y llegado el momento, optó por la sobrevivencia del partido y desistió.
Ya se sabe, a medio camino quedaron primero el ahora gobernador electo, y después un personaje de nombre Germán Sierra.
A su turno el gobernador Marín, un hombre de un pragmatismo feroz, optó por la apuesta más riesgosa de su vida.
El resto ya es de dominio público.
Chayo News
Asoma el rostro feroz de la descomposición en el PRI local.
No habrá poder humano que lo domé en los próximos meses.
La súbita libertad los ha puesto briosos y rejegos.
Es un partido que no sabe desenvolverse en la oposición porque nació en los techos del poder.
No tiene una agenda democrática como la precisa con urgencia ahora, y le será costoso acreditar esos valores.
No tiene la lealtad de sus bases sin la figura totémica del gobernador en turno.
Veo a un Alejandro Armenta empeñado en transitar lo más pronto posible hacia una oposición constructiva, y medirse en la plaza pública.
Es uno de los hombres más aventajados del grupo del marinismo, pero esa condición más temprano que tarde terminará por pesarle y disminuirlo.
Habrá que poner casa a parte.
Una cosa que nunca entendió Javier López Zavala.
Y habrá que enarbolar los valores de la democracia y la modernización política.
Otro dato que nunca registró.
(Democracia y modernización, que son los mismo) son los únicos elementos que podrán salvar el futuro del que hasta hace 20 días fuera indómito partido.
¿Por qué perdió tan precipitadamente el PRI?
Porque como estrategia de sobrevivencia optó por el pasado y desestimó el futuro.
Nunca entendió el dinamismo de la sociedad. El que más temprano llegaría a un punto y terminaría por rebasarlo.
Y así ocurrió.
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