Cuál representación

Es un acto contraproducente para la salud de nuestra de por sí sospechosa institucionalidad, la pretensión de sacar a funcionarios a la calle para que hagan campaña por unos candidatos que por sí solos no pueden ante un auditorio facilito.

Si los ahora candidatos ni siquiera pueden con la campaña entre sus propios correligionarios de calle, la que no requiere de mayores dotes de persuasión, menos podrán con el encargo de representantes populares en San Lázaro.

Al no estar capacitados para medianamente hilvanar un par de frases y cautivar a los vecinos, menos lo estarán para entender y conceptualizar los grandes problemas del país, los que deberán enfrentar y solucionar con leyes y decretos desde el Congreso.

Si los actuales candidatos a diputados no tienen la capacidad para medianamente entender los problemas del país, muy difícilmente tendrán la claridad intelectual para instrumentar soluciones duraderas y conseguir el consenso de sus pares para elevarlas a la categoría de ley.

En el muy remoto caso de que lleguen a obtener la aprobación de alguna iniciativa, mucho me temo que de todos modos será una legislación contrahecha, porque previamente no se habría llegado a la raíz de los problemas, como para ofrecer soluciones de largo aliento.

A diferencia de lo que ocurre en el Congreso de Puebla, cuyos diputados religiosamente toman nota en el despecho del poder de enfrente, sobre qué deben y no deben decir y hacer, las decisiones en San Lázaro cada vez más dependen del liderazgo de sus miembros.

Francamente en este momento no se ve a ninguno con esas cualidades de entre los 48 aspirantes de los tres partidos punteros en Puebla, PRI, PAN y PRD. Pero donde el asunto es verdaderamente calamitoso es en los cuatro distritos de la capital.

Donde se asienta el mayor número de universidades, donde están las mejores fuentes de empleo y donde radica el sector con el grado de desarrollo humano más alto de la entidad, no se merece esos candidatos.

Otro dato que no debe perderse de vista es que, a diferencia de lo que ocurre con los diputados locales, a quienes nadie evalúa sobre su desempeño, más que el ejecutivo y sus partidos; la Cámara de Diputados tiene un convenio con el CIDE mediante el cual sus 500 legisladores son evaluados a partir del diseño de un conjunto de indicadores.

Un amigo que lleva muchos años haciendo investigación social me dice que nunca como ahora los partidos habían propuesto candidatos a diputados con limitaciones tan evidentes (es la palabra usada por él), yo le digo que no. Son los mismos de siempre.

La diferencia es que la sociedad ahora es otra, y aquellos personajes que antaño pasaban desapercibidos ahora son sometidos al escrutinio público, y para muchos se ha vuelto ofensivo que “fulano” o “zutano”, así como así, se arroguen el derecho de la representación política.

La sociedad cambió, mientras que la clase política se quedó atorada en sus prejuicios y en las viejas certidumbres que dieron sentido a la política en la segunda mitad del siglo pasado. Pero no a la población que nació en la década de los 80 y que ya vota.

Como en las metáforas de la fábula, todavía hay otros pocos que miran mucho más lejos y afirman que la pobreza de la clase política es la principal causa de la ruina de la república.

Creo que ha llegado la hora de reivindicar la política como la expresión de civilidad más alta que pueda alcanzar una comunidad; antes de que sea demasiado tarde y todos tengamos que regresar al estado de naturaleza y armarnos con resorteras y piedras, ante la incapacidad del Estado mexicano para garantizar a sus contratantes el principio supremo que lo sustenta: la seguridad de la vida.

La civilidad política comienza respetando y haciendo respetar el mandato soberano de la ley.

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Posted by Ociel Mora on junio 10th, 2009 | Filed in Sin categoría | Comment now »

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