El peligroso Saltapatrás

¿Y si la derecha poblana, en un arrebato de fuerza, determina sacar a las calles a estudiantes de las escuelas privadas, en las que se enseña catecismo, pretextando apoyo urgente a la llamada ley de la familia?
¿Y si las organizaciones clericales fantasma creadas ex profeso para contrarrestar el pensamiento racionalista y científico se envuelven en el lábaro patrio y denuncian (como ya lo está haciendo una tal Reina Suárez), que manos extranjeras quieren intervenir en los asuntos de los poblanos?

¿Y si la ceremonia de toma de posesión del nuevo arzobispo, en la que se pronostica la asistencia de de 40 mil personas, es aprovechada por los grupos radicales para manifestar actitudes de triunfalismo y revancha, como ya lo vimos a escala en el Congreso del estado el día de la votación de la mentada ley?

¿Y si al rato ese mismo fundamentalismo consecuente con el extremismo panista eleva sus niveles de intolerancia y juzga que los medios de comunicación y periodistas terrenales no pueden opinar sobre los asuntos trascendentes del “Padre Eterno”, y exigen que se callen, como ya lo están haciendo en España?

¿Y si alguien se la cree que vivimos en un auténtico Estado de Derecho y acude a la Subsecretaría de Asuntos Religiosos, en la ciudad de México, en demanda de hacer efectivo el Estado laico mexicano, cuya dependencia se encuentra en manos de la señora Ana Teresa Aranda, encontrará respuesta a su petición?
¿Y si la polarización social deviene, como ya ocurrió en otro momento, en una disputa con tintes raciales, en las que unos grupos tendrían más derechos que otros alegando razones de sangre, color, y hasta de filiación religiosa, y si en esa aparecen los calificativos de naco?

Nadie lo dice, tal vez porque no todos lo perciben, pero la polarización ideológica suscitada a partir de la aprobación de la llamada ley de la familia, amenaza con desmoronar la mucha o poca cohesión social alcanzada en Puebla, al cabo de haber superado las disputas de los años setenta entre FUAS y universitarios. No es retórica. Es la memoria pública, y son las señales que de nuevo asoman por todos lados.
El fundamentalismo religioso que dividió a la población nacional en la segunda mitad del siglo XIX y que desembocó en una guerra que duró tres años de la que finalmente salieron triunfadores los partidarios del partido liberal —defensores de la Constitución del 57, que garantiza la libertad de cultos—, amenaza con una nueva disputa.

No en el terreno de las armas, afortunadamente, pero sí en el de las percepciones airadas sobre el papel que deben jugar las creencias en la vida pública de un país y de las personas. Además, echa por tierra el discurso de los últimos veinte años de que el país es plural y diverso, y reconoce en la Constitución los derechos civiles más elementales de los ciudadanos. La influencia de la religión católica es un retroceso peligroso, muy peligroso.

“La actual campaña de la Conferencia Episcopal (en España) contra las mujeres que abortan pone de relieve el patético deterioro de la formación intelectual del clero, que si bien nunca ha sobresalido por su nivel científico, al menos en el pasado era capaz de distinguir el ser en potencia del ser en acto”, afirmó el científico Jesús Mosterín, del Consejo Superior de Investigación Científica de España, en un artículo aparecido ayer en El País.

“La campaña episcopal (contra el aborto) se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o incluso una célula madre) con un hombre. Por eso dicen que abortar es matar a un hombre, cometer un homicidio. El aborto está permitido y liberalizado en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Japón, India, China y en tantos otros países en los que el homicidio está prohibido.

”¿Será verdad que todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio? De hecho, el único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso. Ninguna otra razón moral, médica, filosófica ni política avala tal proscripción. Donde la iglesia católica (o el islamismo) no es prepotente y dominante, el aborto está permitido, al menos durante las primeras semanas (catorce, de promedio).

”Tanto el anterior papa Wojtyla como el actual papa Ratzinger se han dedicado a viajar por África y Latinoamérica despotricando contra los preservativos y el aborto, lo que equivale a promover el sida y la miseria. En cualquier caso, la contracepción puede fallar. A veces el embarazo imprevisto será una sorpresa muy agradable.

”Otras veces, llevarlo a término supondría partir por la mitad la vida de una mujer, arruinar su carrera profesional o incluso traer al mundo un subnormal profundo o un vegetal humano descerebrado. Sólo a la mujer implicada le es dado juzgar esas graves circunstancias, y no a la caterva arrogante de prelados, jueces, médicos y burócratas empeñados en decidir por ella.

”El aborto es un trauma. Ninguna mujer lo practica por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se inventó para cuando las cosas fallan”.

Pero el tema también es cultural, no nos engañemos. Una cosa es la opinión de una doctora en letras; y muy diferente, el de quien se encarga de regodearse en las páginas de sociales.

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Posted by admin on marzo 26th, 2009 | Filed in Política | Comment now »

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