Alarcón Hernández y la pena
n lo que puede ser su testamento político, en mayo de 1910 Aquiles Serdán dirigió una pormenorizada carta a Porfirio Díaz, en la que le habla del proceso electoral de presidente de la república, de las actividades del Comité Antirreleccionista poblano del cual era representante y, sobre todo, de un grupo de seguidores suyos, encarcelados unos y desaparecidos otros, por la intolerancia y temor de Mucio P. Martínez, el gobernador del estado, que para entonces llevaba 18 años en el puesto, y quien veía en la labor de Aquiles y sus seguidores un desafío a su próxima reelección.
Para entonces Porfirio Díaz era un viejo achacoso a punto de cumplir ochenta años, de los cuales cerca de la mitad los había pasado en el puesto de presidente, y aún así no daba visos de querer retirarse. Nadie le creyó cuando un año antes declaró al periodista James Creelman que no buscaría la reelección. El desprecio por su persona era inocultable lo mismo en los sectores bajos que en los altos; en los primeros por el estilo sangriento de gobernar; y en los segundos, porque Díaz había dejado de ser funcional a los intereses de la aristocracia burguesa. La carta del poblano, sin embargo, mantenía todas las fórmulas de cortesía a las que están obligados los ciudadanos con sus autoridades. Junto al de Aquiles, aparece el nombre de Rafael Jiménez.
La parte que me interesa destacar en este momento es aquella en la que los remitentes dicen a Díaz que se han constituido en organización político-electoral no con base a un capricho sino a los derechos que les otorga la Constitución, citan varios artículos; y pasan a comunicarle que lo hacen así “con el objeto de discutir el asunto más importante para la nación, como lo es la elección de nuestros gobernantes”.
Hace exactamente 100 años ya había en la ciudad de Puebla quienes sostenían que discutir la elección de nuestros gobernantes es el asunto más importante de la república. No hay otro, ciertamente, de mayor trascendencia que ése. Los Serdán, particularmente Carmen, se habrían vuelto a morir de haber escuchado al señor José Alarcón Hernández pregonar sin escrúpulo que los eventuales candidatos priistas no son un asunto de alto interés público, sujeto al escrutinio de todos, sino cosa de “atinarle”. Y hasta se permitió en rueda de prensa convocar a los periodistas y cotejar las listas de cada cual y ver quién de todos tuvo más “tino” en eso de penetrar los insalubres pantanos de la metafísica. Porque en su concepto, eso de la elección de los gobernantes no es cosa signa de conocimiento de mortales comunes y corrientes, como usted y yo, sino de “los grandes iniciados”.
No basta tener las preferencias por el efecto de rechazo a los otros partidos. En todo caso, esa condición hace a los partidos en general muy vulnerables frente a sus seguidores y electores. No basta un dirigente fogoso y con un lenguaje encaminado a la modernización, sino candidatos con “carnita” que hagan de la próxima una elección verdaderamente sustentable.
Chayo news
Por más que se quiera detener, hay una efervescente actividad política imparable, no sólo entre los partidos que se disponen a elegir a sus candidatos para ganar la representación de Puebla, en el Congreso federal, sino por lo que ya se avecina como competencia furiosa.
Así pues, puedo afirmar que el lunes 6 de julio, además de conocerse la lista de ganadores del día anterior, también se conocerá el nombre de las personas que encabezarán la fundación cultural Isidro Fabela en Puebla. Pocos saben de quién se habla y, en efecto, eso poco importa, lo que interesa es lo que hay atrás: la cabeza de playa de la candidatura presidencial de Peña Nieto.
El otro acontecimiento es que para entonces también habrá un representante o delegado a favor de los intereses políticos de un personaje llamado Manlio Fabio Beltrones. Los políticos no paran. El asunto es que eso no se convierte en un desarrollo político, de mayor democracia, mayor participación, mayores propuestas de solución a los problemas que tienen embargada a Puebla, que a su vez pueda traducirse en mejores condiciones de vida.
La única competencia es la de las élites; y las más poderosas son las económicas y ahora también habría que añadir la del crimen organizado, que también ya pone autoridades.
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