De la virgen conquistadora a la Chingadalupe

En el mundillo de los historiadores del arte es un gran chisme decir que la imagen religiosa que acompañó a Hernán Cortés y soldados, durante las mil batallas que acometieron en contra de los indios del nuevo mundo hasta reducirlos a la condición de esclavos, se encuentra… ¡en Puebla!

Se trata de La conquistadora, la estatuilla de una virgen que evoca a la patrona de Los Remedios de apenas 42 centímetros de alto. Se encuentra en la capilla del beato Sebastián de Aparicio, en el portentoso convento de San Francisco, en los barrios viejos, por donde se hizo la fundación de la ciudad, del otro lado del río.

Hasta hace poco, hay que recordarlo, San Francisco fue uno de los rincones más encantadores de la ciudad, hasta que justo en sus narices alguien ordenó que se levantara un puente de metal y piedra, con lo que se murió el encanto, porque la construcción alteró radicalmente el vasto paisaje.

La escultura en mención trata de una pieza de la fe de los conquistadores, pues la católica no era la religión de los indios, como lo saben hasta los periodistas.

La conquistadora es descrita iconográficamente como una virgen cuya cara es de un moreno andaluz, con manto azul bordado en oro, túnica blanca con recamados dorados y corona de áureos metal; sobre sus brazos sostiene a su “divino hijo”.

Cuenta la tradición que Hernán Cortés conoció la imagen no en el viejo mundo, sino en Cozumel, de manos de Pedro de Alvarado, quien la habría traído como parte del equipaje de guerra. “Tu virgen será la conquistadora y ella nos dará el valor en las peleas y confianza en la victoria”, le habría dicho Cortés al soldado.

Alvarado, se cree, la habría solicitado al prior del templo de La Rábida, en España, para que lo acompañara en la Conquista y para que a su vez tomara posesión del nuevo mundo, pues para entonces América, por la bula apostólica Inter Cetera, había sido entregada a los reyes católicos para su evangelización.

Cortés pudo haber regalado la imagen a los indios de Tlaxcala en agradecimiento por haberlo acogido primero, a él y a su ejército, y luego ayudado a someter a los de la Gran Tenochtitlán. Para entonces, todos los éxitos de guerra eran proclamados como triunfos de la aureola de la santa patrona.

Con el arribo de los primeros franciscanos al altiplano central, y de paso por Atlihuetzía, uno de los reinos del imperio tlaxcalteca, supieron de la imagen y fue por ellos como llegó poco después a la ciudad de Puebla. Por razones diversas, he tenido muchas piezas de aquella época en mis manos y ninguna me ha parecido tan insignificante como La conquistadora.

Al fin producto cultural, la religión como acto de fe se mueve. Andando los años y la tradición, La conquistadora se convirtió en Santiago Matamoros y todos (los soldados españoles) vieron cómo degollaba indios con su espada.

Hace poco, el antropólogo Roger Bartra consignó que en la calzada de Los Misterios de la ciudad de México, casi esquina con la calle Talismán, apareció pegado a la pared un extraño collage. Fue fotografiado por un periodista el 12 diciembre de 2007.

chingadalupe

El estudioso reprodujo la imagen en su blog que publica en la prestigiada revista Letras Libres, porque —dice— tiene relación con lo que él ha llamado, en su libro La jaula de la melancolía, el mito de la Chingadalupe. ¿Qué es eso?, él lo dice: “una imagen ideal que el macho mexicano debe formarse de su compañera, la cual debe fornicar con desenfreno gozoso y al mismo tiempo debe ser virginal y consoladora”. Y dice que no duda que “algún Juan Diego trasnochado decidió realizar el collage para proyectar sus paradojas eróticas, en las que mezcló lo divino con lo carnal. Lleno de fervor, unió su atracción por las pelirrojas con su pasión por la virgen de Guadalupe. Es una curiosa incorporación de la muñeca Barbie en la tilma sagrada”.

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Posted by Ociel Mora on diciembre 12th, 2008 | Filed in Opinion, Sociedad | Comment now »

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